Leer cuentos es algo que apasiona y siempre me ha gustado. Escribirlos también, pero procuro no hacerlo hasta haber leído a los clásicos de siempre.
Recuerdo que Óscar Mata dijo una vez: La novela tiene el chance de vencer al lector mediante varios rounds, el cuento no, por puro knockout.
Pueden existir cuentos largos, claro, pero el cuento tiene algo que “engancha” y dice. Ninguna expresión de la literatura es sencilla, por eso estoy en desacuerdo con lo que dicen algunos que es para “principiantes”, aunque comparto la idea de que no hay mejor forma de acercarse a la lectura. Hay que ver lo que se le dificulta a algunas personas escribir narrativa. Será tema de otra entrada, pero los cuentos de Alfonso Reyes no son precisamente lo mejor que tiene, ni hablemos de Octavio Paz, El Laberinto de la Soledad iba a ser una novela hasta que Paz se percató de que nomás no lo hacía.
Así que, frente a todo este contexto de que me gusta leer cuentos, empecé un libro de una colección con los grandes cuentistas (la colección será tema de una próxima entrada, lo prometo), y conocí desde los cuentos clásicos. Seguí, pasando por muchos relatos cortos hasta un cuento francés. Si no mal recuerdo era del año 1600. Ahí pude notar -más que en los demás- el gran trato que se le tenía a los nobles. Trataba de tres ciegos a los que el noble engañaba. Aquí posiblemente me equivoque, pero cuando la temática del cuento “moderno” (¿es mejor decir contemporáneo?) es de dos clases opuestas (poniendo a los personajes de nuevo, el noble y los tres ciegos -por cierto, pobres-) y uno se burla del otro, es la clase opuesta a la superior. Con una especie de temática de ridiculización a quien está “arriba”. Aleccionando quizá. Cuando en un cuento es de puros “nobles” sólo conviven entre ellos, lo mismo cuando es de las clases marginadas. En el momento en que se mezcla, una (generalmente la que está abajo) alecciona a la otra, con sentimientos, con burla, con sabiduría (y en muchos casos se ven recompensados por ello).
No así en el cuento clásico. El príncipe (porque es un príncipe) no sólo burla, alecciona y da cachetadas morales a los ciegos. Sino se escapa y humilla a otro personaje totalmente secundario. Vemos connotaciones históricas aquí, claro, como he venido diciendo desde hace tiempo: La literatura es una ventana a la sociedad donde se escribió. Claro que en un sistema de cambio, de transición, la clase “baja” se le fue tomando en cuenta, hasta que se convirtieron en el proletariado. Antes no, la única clase con derechos era la que estaba arriba (no digo burgueses como dirían algunos, pues los burgueses en ese tiempo eran otra cosa totalmente diferente). La única clase con conocimiento, con vida, con libertad era la dominante. Es por eso que es raro ver en los clásicos de aquella época personajes que salgan bien librados y no sean dominantes.
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